Raúl de la Horra

Raúl De La Horra

LOS ESPLENDORES DE LA PUPILA

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Por Raúl de la Horra

(Artículo aparecido en suplemento El Acordeón, de elPeriódico, el 13 de octubre del 2002)

 Hay un momento, poco antes del amanecer, en el que el mundo permanece en suspenso: la bruma se deshilacha por las selvas hacia las alturas, y de los abismos boscosos, anunciando la inminencia de la luz, surge el chillido de un águila que rasga la espesura con su vuelo de vértigo.

Al interior de la caverna, entre ronquidos y susurros, una silueta sortea con sigilo la masa de cuerpos aglutinados que yacen por tierra; atrapa con sus velludas manos el garrote que le sirve de arma y se dirige a la salida. Un niño tose. La madre abraza a la criatura y la cubre con pieles de oso y de cebra.

En la cabeza del troglodita, la imagen de un ciervo con el cráneo aplastado le aviva las entrañas. Piensa -si es que a esto se le puede llamar pensar-, que es el momento propicio para ir de caza.

Al franquear el umbral de rocas, frente al precipicio, se da de bruces contra la bola de fuego que surge en el horizonte y cuyos destellos lo deslumbran hasta las lágrimas. Y como por encanto, su mente ofuscada se olvida del hambre y de su presa.

Crispado, el rostro se le transfigura en mueca: frunce el entrecejo, se le aflojan las mandíbulas, el cuerpo entero expresa estremecimientos sin fin. En el centro de aquel ser desgarbado y peludo, palpitan ahora sensaciones nunca antes experimentadas.

De su garganta surge entonces un extraño gemido, como si una garra afilada le hubiera traspasado el vientre. A decir verdad, es el primer gruñido de esta naturaleza: más agudo, más prolongado, más rítmico que los anteriores. Se trata de un sonido nunca antes expresado, ni por él, ni por nadie.

Con la vista clavada en el resplandor azufrado del cielo, el cavernícola da saltos nerviosos y repite, en cadencioso balanceo, el plañido sutil que al cabo de treinta mil años llegaría a transformarse en melodía, en tambor y en verbo. Y no cesará de lanzarlo en cada amanecer a los cuatro vientos, hasta no cubrir con su eco la majestad de las cumbres, la serenidad de los valles y el tumultuoso transcurrir de ríos y caminos.

Tal y como era: semi-erecto y desnudo, el troglodita había hecho irrupción, a partir de aquel instante, en el teatro de la Historia, cincelando para siempre al interior de sus pupilas el inquietante fragor del misterio.

¿Es necesario explicarlo? Este hombre acababa de descubrir la aurora. Aunque ello no quiere decir que no la hubiera visto antes. Pero nunca había admirado con semejante exaltación un evento desprovisto de nexos directos con la supervivencia. Y ello constituyó, más que una novedad, un salto cualitativo en la evolución de la especie.

De este asombro primigenio brotó, en embrión, la chispa que luego iría conquistando y abrasando los imperios de la imaginación. Nació así el tiempo -o la dolorosa conciencia de su caducidad-, la rabiosa ambición de los sueños, los embates de la memoria y el sabor de los desengaños. Y todo se prefiguró al interior de aquellos ojos, entre los pliegues de su cerebro, en los rincones pegajosos de sus glándulas insaciables.

Y con él, en él, para él, germinarían luego el amor y la destrucción: el pan, los cañones y la energía atómica; la poesía y los microscopios; Dante, Shakespeare y Cervantes; Beethoven y los Beatles; Goya, Van Gogh y Picasso. Y también el Buda, Cristo y Mahoma. Y el suspiro alado de la humanidad entera, la filosofía, la ciencia y el arte universales, se presintieron ya esa mañana, con avidez y potencia, en el fulgor de aquellos ojos, ante la primera alborada.

A nosotros, tan alejados de esta revelación, y habiendo trocado el garrote por las computadoras, nos sucede algo similar: podemos renacer y volvernos humanos varias veces al día.

Cuando menos lo esperemos, se nos aparecerá también, en un recodo de nuestra existencia, algún amanecer oculto con su bofetada de belleza, de amor y de muerte. No tiene por qué ser un espectáculo estremecedor. Podría consistir, simplemente, en la visión luminosa de una sonrisa cargada de deseo, al atravesar la calle. O en el placer de abandonarse a los brazos de la persona amada. O esconderse entre las líneas enigmáticas de un poema. O manifestarse en los saltos de alegría de un perro. Y, secretamente, gemiremos y temblaremos en el umbral de nuestra caverna, experimentando el regocijo de no ser ya, al menos por unos segundos, trogloditas.

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